La historia de amor más triste de todas es la del Sol y la
Luna. ¿No os habéis parado nunca a pensar por qué el Sol revoluciona el cielo
cada vez que desaparece? Y es cierto, nunca ha existido un amor más puro y
terrible que el de estos dos astros. Día y noche, luz y oscuridad, alegría y
tristeza. Como siempre, es ella la
que lo echa de menos, pero es él quien
se pone rojo cuando ella pasea su blanca presencia por el cielo. Fueron los
primeros en enamorarse y como todo amor adolescente fue rápido y el más
intenso.
El sol estaba de guardia ese día dando vueltas alrededor de
los planetas por si alguno necesitaba su luz, cuando se reparó en ella. No era
más que una masa gris y con huecos profundos que cuando se cruzaron se iluminó
como por arte de magia, él quedó enamorado al instante y ella quería seguirlo
para no dejar de brillar. Pero no fue así de fácil: la Tierra, madre imparcial
y con el corazón de piedra (ardiente, en el fondo), le prohibió tal cosa,
sabiendo que si se acercaba demasiado se iba a quemar. Por más que la Luna
insistía, su protectora le negó que escapara y la ató a su alrededor
ordenándole girar en torno a ella y permitiéndole solo una vez al mes visitar a
su amado (¿dónde creéis que anda la Luna cuando no está en el cielo?). Ella
lloró tanto que sus lágrimas cayeron encima la Tierra, que pasó a llamarse el
planeta azul porque tres cuartas partes de él eran agua, salada; como las
lágrimas.
Y es por esta razón que el Sol enrojece al ver salir a la
Luna cada atardecer, cada mañana al verla marchar se enamora de nuevo y llora
su ausencia, dejando sus lágrimas en las hojas y flores que intentan consolarlo
inútilmente.
¿Cuántos amores perdidos ha visto llorar la Luna? ¿Por qué
la gente la mira y suspira y se pone a escribir sus pensamientos más tristes? ¿Por
qué la hora más oscura es la de antes del amanecer? ¿Por qué todos nos quedamos
mirando las puestas de Sol, intentando entender el mensaje de amor con el que
el Sol recibe a la Luna? Por qué. Por qué. Los enamorados lo saben, los que han
amado, también. Ellos dos son los primeros y últimos, para siempre, los que inventaron la poesía. “Es tan corto el amor,
y es tan largo el olvido.” Neruda no nos contó que fue la Luna quien le susurró
estas palabras, amante sabia y perturbada, libre y rodeada de estrellas en
medio de la oscuridad.
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