lunes, 6 de junio de 2016


TRAFICANTE DE RECUERDOS




"I'm terrified that once I let go of the sadness, I'll have to let go of you too".

Cualquiera pensará que no se trata de una profesión, carece de importancia o es absurdo. Sólo se me ocurre contestaros que si creéis eso, es porque no tenéis nada valioso que contarme.
El procedimiento es duradero y requiere suma paciencia, únicamente se puede aprender viéndolo de otra persona: mi abuelo me lo enseñó a mí y a él el suyo, así generación tras generación.  Ahora corre peligro, porque la gente ha dejado de dedicarle tiempo a lo realmente importante para mirar el mundo a través de una pantalla. Se trata de una pandemia peligrosa, pues los momentos junto a un aparato electrónico nadie los quiere rememorar. ¿Entendéis a qué me refiero?
Lo primero y más complicado es estar en el momento adecuado: debes fijarte en cada detalle que lo rodea con la misma intensidad con la que observabas todo cuando eras niño y lo más importante es que te sorprendas por las cosas pequeñas. Luego, todo lo contrario: cierras los ojos y escuchas, sientes, hueles. Con cuidado, ya os he dicho antes que son segundos delicados y hay que tratarlos con cariño. Si creo que tiene valor, me dedico a irlo a buscar: el recuerdo, sí. A veces se esconden donde menos lo esperas, una sonrisa, un paseo de domingo, la chica sentada en el tren, la primera gota de lluvia, una mañana fría, un abrazo. Supongo que hay que saber dónde encontrarlo y algunos pensáis que es una pérdida de tiempo; no lo es. El tiempo que paso lo encuentro siempre de nuevo, lo hago eterno. Y ahí reside la grandiosa fuerza de mi trabajo, en un mundo como este. Ni la más fiel promesa podría alcanzar la pureza de un momento, todas ellas se tornan humo tarde o temprano.
Redondeo los cantos para volverlos inocuos, pulo la imagen con esmero, lo clasifico escribiendo su categoría en el dorso: recuerdo feliz, recuerdo triste que una vez fue feliz, recuerdo gracioso, etc. Tal vez los recuerdos rotos son los que más cuido: los encuentro hechos añicos e intento pegarlos, aunque no suele ser fácil. A pesar de ello, son mis preferidos.

Los guardo todos en mi cartera y se los doy a aquellos que veo paseando solos. 

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